Solo la tenue luz de las velas iluminaba el pequeño cubil donde aprendiz y maestro conversaban, fue en un momento cualquiera cuando algo que dijo la manceba llamó la atención del anciano.
Esbozó una ligera sonrisa y dijo: “Te contaré un cuento”.
Imagínate una pequeña chiquilla de pueblo que vive en una aldea que no muchos conocen.
Un día esa chiquita decide apuntarse sin mucho interés a participar en una guerra. Realmente el premio al vencedor no le interesa demasiado pero ella se apunta simplemente por diversión.
Es por esto que a la mañana siguiente coge su fusil y se abre camino hasta llegar al centro bélico más importante, se atrinchera tras un peñasco y comienza a observar el desarrollo de la misma.
Mas su asombro es que no ve zanjas ni polvaredas, no oye disparos ni metralla, realmente, no se oye nada, solo el silencio tajante y el latir propio en su interior.
Aquella paz asustaría a cualquiera pero no a ella que, sin pensarlo mucho comienza a caminar.
El premio de todo aquello debería estar en alguna parte y al recoger un pedazo del mismo situado bien a la vista logra deducir que en realidad no está en un solo sitio sino que se halla diseminado por todo el campo de batalla.
-Maestro, tengo sueño, ¿no podría usted ser breve?
El longevo adulto prosiguió, sin mostrar atención al comentario.
Muy contenta no por el premio sino por la facilidad de su obtención, la joven se dispone a proseguir en busca de más fragmentos.
“¡Ya tengo uno!”, pensó, “probablemente tenga ahora más que muchos”. Y no se equivocaba.
Había en aquella guerra muchos más contendientes de los que ella imaginaba pero no los había visto y nunca los vería.
La muchacha siguió avanzando feliz con su pedazo del trofeo en busca de pedazos fáciles y a la vista. Con el tiempo, dejó de preocuparse...
-Maestro, de verdad que me estoy quedando aquí mismo como un saco de trigo...
Mas el abuelo, ignorando a su discípula, prosiguió:
...descargó el fusil y empezó a usarlo como cachaba, caminó durante días, recorrió bosques y montes, pero no encontró ni un solo pedazo más.
-Maestro podría preguntarle ¿de dónde saca tanta imaginación?
Este volvió a ignorarla y continuó:
Y no halló ni uno solo.
Había pasado casi medio año de su partida cuando regresó a su aldea portando aún ese trocito de sueño, por el que tanto había caminado.
“¿Como fue?”, preguntaban,
“Bien”, respondía,
“Encontré más que muchos puesto que obtuve algo”.
“¿Y el premio?”
“No creo siquiera que exista entero”.
La muchacha dejó el trocito de trofeo en su mesilla de noche como recuerdo de la guerra que había librado...
-Maestro, ¿le queda mucho?
… y vivió feliz el resto de sus días.
La mirada aterradora de aquel sabio intimidó a la alumna que solo pudo reprochar dejando escapar un bostezo.
Tras esto, retomó:
Sin embargo, muy lejos de allí, en un apartado paraje inhóspito del mundo, sufrían aún tres muchachas que seguían batallando, pues realmente deseaban ser victoriosas y obtener el premio.
Tras años de búsqueda y penurias la primera había encontrado un asa y parte de la base, otra tenía en su poder la tapa entera y la última atesoraba el resto del trofeo, mas a todas les faltaba un pequeño emblema, que debía situarse en el cierre, para que este desempeñara su función.
Allí estuvieron las tres liándose a tiros por un ya olvidado trocito que tenía dueña y reposaba bajo una lámpara, hasta la muerte.
...
-Ahora sí puedes irte a dormir.
-¿Me explicará usted mañana qué quiere decir su cuento?
-No.
-¿Por qué?
-Acabo de inventarlo.
-Pero algo querrá decir, ¿no?
-Obviamente significa algo y tiene su enseñanza.
-¿Entonces?
-Si te lo explico perdería el encanto.
-¿Qué está usted diciendo?
-Que esa chiquilla eres tu.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada